Renegada

Sirena Kalinka

Ilustración de Óscar Mars

―Es momento de casarla, deberíamos aprovechar ahora que está en nuestras tierras el príncipe ―escuchó Blanca Nieves, detrás de la puerta. En silencio, con el corazón agitado, corrió a sus aposentos. Contuvo el llanto, cogió una capa y salió del palacio.

Corrió y corrió por el bosque. Las lágrimas comenzaron a escapar y deslizarse por sus mejillas coloradas por el frío, los pensamientos la atormentaban. «¿Casarme, yo?», se preguntaba una y otra vez. No quería verse como su madrastra, siempre bien vestida y bien peinada. Ya no podría comer con los dedos, y chuparlos ni se diga; no podría reír a carcajadas y todo acto tendría que ser consultado con su padre.

Para Blanca Nieves, el matrimonio era sinónimo de prisión. «¡¡¡No!!!», se decía mientras corría, «El matrimonio no es para mí. ¿Casarme con un principito que ni conozco? ¡Jamás!».

Llegó a una pequeña cabaña que apenas y se veía en ese bosque tan denso. Alrededor, una serie de animalitos comían y dormían plácidamente. Blanca tocó la puerta pero como nadie contestó, abrió y entró. La cabaña era amplia, acogedora pero muy desordenada. En el comedor había un pastel muy tosco; lo probó y era de chocolate: estaba muy feo pero era delicioso. Sin darse cuenta, se lo terminó. ¡Y cómo no, si era chocolatera de corazón! Se puso a limpiar un poco y a cocinar un caldito de pollo, ya que no había otra cosa a la mano. Terminó un poco exhausta, se quitó los zapatos y se puso a dormir sobre unas camitas, al parecer de niños, lo que explicaría el desorden de aquella estancia.

Horas más tarde, llegaron los habitantes de la cabaña, unos enanos jóvenes y guapos. Era el cumpleaños de Honestidad y lo querían festejar. Se sorprendieron al ver acomodada la estancia y más aún al no ver el pastel encima de la mesa. ¡Sobre la estufa había comida! ―¡Corran!  ¡Hay una mujer en la habitación! ―gritó Pachequín. Ahí estaba Blanca, sin zapatos y con el rostro manchado de chocolate. Así que decidieron despertarla con cosquillitas en los pies.

Ella se sorprendió al ver que no eran niños, sino enanos sumamente atractivos. Eran siete y se presentaron como Honestidad, Libertad, Confianza, Celostín, Armonía, Respetín y Pachequín. Les explicó su situación, pidiéndoles que la dejaran  formar parte de su hogar por algún tiempo. Ellos, tras un largo rato, llegaron a un consenso y aceptaron. Poco a poco, se fueron acostumbrando a su presencia y la integraron a todas sus actividades, incluido el trabajo en la mina. Por las tardes, hacían yoga, jugaban a las cartas o se hacían pedicura.

Blanca Nieves comenzó a enamorarse de cada uno de ellos, aunque peleaba constantemente con Celostín, pues siempre quería la atención de todos, especialmente de Pachequín.

Así pasó el tiempo, hasta que un día la madrastra le preguntó a su espejo mágico quién era la más feliz del reino. El espejo contestó: «Blanca Nieves es la más feliz del reino». A la madrastra se le llenó el hígado de piedritas, pues tenía la firme convicción de que nadie en el reino podía ser más feliz que ella, incluso había creído que Blanca Nieves estaba muerta.

Disfrazada de una tierna y dulce viejecita, la madrastra se dirigió al bosque. Al llegar a la cabaña de los enanos, ofreció a Blanca Nieves una rica manzana cubierta de chocolate. Ella la mordió, y murió al instante. La madrastra se puso contenta y se marchó, no sin antes decirle a Pachequín que sólo el beso del verdadero amor podría devolverle la vida. Los enanos fueron de inmediato en busca del Príncipe Azul. Al escucharlos, éste montó su caballo blanco y galopó hasta donde se encontraba el cuerpo de Blanca Nieves.

La besó tiernamente ¡y nada! La besó más fuerte, ¡y nada! ―Quizá ya es muy tarde ―se dijo. Los enanos comenzaron a llorar, a acariciar aquel cuerpo inerte, a besar sus manos, sus pies, sus mejillas. Fue entonces que ese cuerpo comenzó a recobrar temperatura y, con ésta, la vida misma. La alegría los invadió. Al abrir los ojos, ella miró al Príncipe Azul. ¡Qué hombre tan guapo! ―se dijo. Él la saludó y, acto seguido, trató de convencerla de que se casara con él y se fueran a vivir felices para siempre. Por su parte, ella le dijo que ya era feliz, que no dejaría a los enanos y que le invitaba a ser parte de su grupo afectivo. El príncipe no quería compartirla, y menos con esos enanos que él consideraba de raza inferior; Blanca no pensaba alejarse de sus afectos, por más piernas largas que tuviera ese príncipe que, después de todo, era un desconocido para ella.

Ninguno de los dos dio su brazo a torcer. Siguieron su camino: ella en libertad con los enanos y él en la búsqueda de una frágil y delicada princesa, sólo para él.


Una respuesta a “Renegada

  1. Hola buenas cordial saludo , estás versión de blanca nieve y los 7 enanitos me parece muy buena debido que ocurre un final inesperado y se crea ese paralelismo de la versión original , muy buena la historia .

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